Ocurrió. Te miré, me miraste, fue
simple, rápido, mágico. Caí perdidamente enamorada de tu mirada. Fue en ese
momento cuando supe que no quería a nadie más, cuando supe que solo necesitaba
ver esos ojos una vez más, cada día, para el resto de mi vida. Nadie más me
importaba, solo éramos tú y yo y el sonido de nuestra respiración, acelerada.
Pensaba que no me hacía falta nada más, solo tenerte a mi lado me hacía sentir
única, especial. Sentía tus labios cerca, muy cerca, prácticamente rozando. Qué
bonita sensación… De pronto, me vi absorbida por el calor que desprendían
nuestros cuerpos. Estaba ciega, no podía ver más allá de ese momento, no podía
despegar mi mirada de tu piel, de tu bonita piel bronceada. Tenía tantas ganas
de que durase para siempre, de no perderte jamás, de dejarme llevar sin más.
Parecía fácil, ¿no? Era todo tan perfecto… que era un sueño. Pero pensándolo
mejor, pensándolo fríamente, era una pesadilla, porque me di cuenta de que
nunca podría tenerte, de que nunca serías para mí… Porque alguien no quiso,
porque no estaba escrito, porque nuestros caminos eran muy distintos, por lo
que sea que fuera, no podíamos estar juntos. Sólo podía seguir soñando contigo,
seguir deseando con todas mis fuerzas que algún día volvamos a encontrarnos,
pero esta vez, para no perdernos de vista nunca más. Porque no podría soportar
perderte otra vez, no podría tan solo pensar en la posibilidad de olvidar tu
olor, tus palabras…

No hay comentarios:
Publicar un comentario