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| No importa lo que pudo haber sido, ya no estás. |
Y entonces comprendí que no vale
la pena derrochar ni una sola lágrima por una persona que nunca dio nada por
mí. Día tras día, luchando por alguien que se tiraba horas y horas ilusionándome
sobre algo que nunca sería posible. Y yo, como una idiota, intentando
convencerme de un futuro a su lado, tragándome una a una sus mentiras… aun que
debo admitir que en aquel entonces sabían bien. Creí, inevitablemente, que no
sería de esos que te usan y te tiran, que te exprimen y te dejan vacía. Creí
que él formaría parte de mi vida, hasta el fin de mi existencia.
Inexplicablemente, un día se marchó y no supe nunca más de él. ¿Qué se suponía
que debía hacer? ¿A caso debía pensar en que fue lo que hice mal para que él
decidiera tomar esa estúpida decisión…? Fuera como fuere, estaba convencida de
que jamás volvería a dejar que entrase de nuevo en mi rutina. No soy algo que
pueda dejar y retomar cuando le venga en gana, no soy algo que pueda utilizar
cuando ya no tenga nada más con lo que entretenerse. Así pues, empecé a desprenderme
de sus recuerdos, poco a poco, y elegí dejar que el tiempo sanase mis heridas,
hasta tal punto de conseguir que su nombre me resultase indiferente. Y así fue,
puesto que consigo todo aquello que me propongo, logré borrarle para siempre de
mi pasado. Todos los momentos que compartimos se esfumaron en unos meses, y
todos sus “te quiero”, pasaron a ser simples palabras sueltas sin sentido que
el viento se llevó. Y quien diga que es imposible eliminar a alguien por
completo, se equivoca. Quien diga que esa persona fue demasiado importante, se
equivoca. Si realmente quieres olvidarle, puedes hacerlo, porque alguien que te
lastima una vez, no merece compasión, ni la posibilidad para volver a hacerlo.

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