Solíamos hacerlo todo juntos. No
podíamos estar separados, ni si quiera una hora. Nos esperábamos
cuando el otro tenía un compromiso. Disfrutábamos de esos momentos
de espera hasta que por fin volvíamos a vernos, y a tocarnos.
Adoraba sus manos cuando buscaban mi cuerpo, antes siempre era así.
Era eso que siempre había deseado tener, esa complicidad, esa magia
que nos envolvía. Su sonrisa matutina, sus cálidos abrazos, sus
besos húmedos. El tiempo pasaba demasiado rápido, aquello casi
parecía irreal. No importaba el pasado o el futuro, porque solo
podíamos vernos el uno al otro en un presente que ardía, en un día
a día que jamás se hacía rutina. Yo sabía que aquello no duraría
para siempre, las cosas buenas siempre tienden a desaparecer, a
esfumarse.

No hay comentarios:
Publicar un comentario